jueves, 15 de septiembre de 2011

Más educados que nunca y más descompuestos que nunca

Martes 13 de septiembre de 2011
Por Eduardo Andere M.
¿Qué clase de personas cometen las atrocidades del México de hoy? ¿Qué pasa en la mente de estos individuos?
No podemos hablar de un acto enfermo, psicópata, loco, maniático, cuando muchos participan y planean; y otros, permiten o propician. ¿Ahora que estamos más educados también involucionamos? ¿Cómo es eso posible? ¿Qué no se supone que la educación nos sacaría de la pobreza, corrupción y criminalidad?
En 1950 el promedio de escolaridad en México para la población de 15 años y más era de 2.6 grados, en 2010 llegó a 8.6 años. En 1950 la matrícula total de México era de 3.25 millones de personas, en 2010 sumó 34.4 millones. Mientras que en 1950 sólo 12.6 por ciento de la población total asistía a la escuela, en 2010 lo hizo el 31 por ciento.
¿Qué produce la criminalidad organizada? ¿Están crimen y educación (la falta de) relacionados?
Si no son enfermos o criminales aislados, y se trata de grupos o asociaciones organizados, incrustados, con modus vivendi, muy probablemente el crimen organizado es la consecuencia social de patrones culturales, memes (genes sociales), que mutaron en formas perversas.
Hoy vivimos las consecuencias de valores, actitudes y hábitos que en su origen parecían inocuos pero que con el tiempo degeneraron en lacra social. Vivimos las consecuencias de un sistema político y social basado en arreglos paralelos, corrupción, impunidad, cultura de no pago e incumplimiento. Estas actitudes socio-culturales degeneraron en vicios, pues con el tiempo las nuevas generaciones aprendieron que sólo el gandaya, abusivo, astuto, gorrón o sorteador, lograba colarse en los beneficios del sistema: nepotismo, mordida, extorsión, ilegalidad, impunidad.
Por décadas el “sistema” mexicano de (in)justicia, que incluye policías, jueces, autoridades preventivas y persecutorias, se tapizó de individuos que aprovecharon un esquema de compadrazgos, canonjías, amiguismos, para construir una “subcultura” acomodada en una cloaca social, donde todo lo chueco, corrupto e impune se vale: desde el “total, ni quien se dé cuenta”; hasta el “quienes cumplen son ‘pendejos’”.
Cada vez que nos estacionamos en doble fila (ver artículo de Manuel Gil Antón), que no pagamos una entrada al cine, al metro, al transporte público, que manejamos con atropello, que nos escurrimos entre las personas que pacientemente esperan su turno y que, por tanto, son “pendejas”, que compramos fayuca, piratería o productos ilegales, que tiramos basura o nos pasamos un alto, que llegamos tarde, que vituperamos, o invadimos el silencio con ruido excesivo, nutrimos una cultura de ilegalidad, impunidad, corrupción, venganza, extorsión y maldad; caldo de cultivo para un aprendizaje antisocial. Pues no es el decente sino el gandaya el que triunfa en este mundo tenebroso; no es el generoso o altruista sino el gorrón y mezquino el que sobresale y corona; no es el trabajador y esforzado sino el sagaz y cobarde el que se enriquece. Es el mundo del dilema del prisionero donde la racionalidad individual socava la cooperación: todos perdemos.
Cuando los gorrones superan a los altruistas la cooperación es imposible. ¿Cuál es la solución cuando la cooperación no se da culturalmente? O en otras palabras, cuando los gandayas superan a los decentes; o cuando los altruistas se cansan de los gorrones y se pasan al otro lado, dejan de cooperar. En este caso, la cooperación debe ser forzada. Se trata de un oxímoron: cooperación forzada. Pero no hay de otra. Para eso se inventó el gobierno. Sólo que hay un problema: no puede ser cualquier gobierno; debe ser buen gobierno. De otra manera no hay solución. Y el desenlace será anarquía total; violencia sin límites; destrucción, decadencia, más criminalidad.
La corrupción es el alimento del gorrón y del gandaya. Pero, ¿Cuál es el origen de la corrupción?
La ignorancia fertiliza la corrupción; pero el mal gobierno, es la corrupción.
Políticos irresponsables, a quienes se les hizo muy fácil y hasta adecuado incorporar a las filas de gobierno a personas no probadas, ni probas (porque ellos mismos no lo son y se cubren en el velo de una supuesta pero falsa “moral política” a la que me referiré en otro artículo), en respuesta a favores de dudosa integridad, provocaron el agotamiento de la decencia ciudadana en el mejor sentido aristotélico.
No, no es la educación la solución; es el buen gobierno. Las buenas normas, la cultura de la legalidad y el rechazo absoluto a la impunidad. Los infames criminales organizados han crecido como hongos gracias a que se cultivan en los campos nutritivos de las instituciones de injusticia e inseguridad mexicanas. El gobernante de hoy debe corregir de raíz a las anti-instituciones de seguridad que se presentan como policías, procuradores, vigilantes o administradores de justicia.
De qué nos sirven gobiernos y legisladores que regalan dinero ajeno, que hacen carreteras que luego cobran, que obsequian libros que nadie lee, que reparten canonjías por favores políticos si no son capaces de realizar la función esencial de la autoridad: proteger al ciudadano; propiciar un ambiente sano de convivencia y exigir respeto y cooperación. Necesitamos políticos, legisladores y administradores, así como servidores públicos en general principalmente policías y jueces, no sólo transparentes sino honestos. ¿Qué tan honestos? Totalmente honestos.
No tendremos tranquilidad mientras no corrijamos nuestro sistema de legalidad y gobierno, con rechazo a la impunidad y al gorrón, y castigo severo a la corrupción, desde la más mezquina que ocurre en el crucero de la esquina hasta la más trascendente que permite o propicia la muerte.
Fuente: Educación a Debate

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